Uno de los mayores avances en la región ha sido la consolidación democrática. Las diferencias políticas se resuelven en las instituciones y bajo procedimientos democráticos. Y eso es algo que hay que preservar y profundizar. América Latina necesita más democracia y de mejor calidad, una que se defina junto a justicia social y libertad. Todos los actores políticos debemos contribuir para ello, desde nuestras diferentes posiciones.

Es por ello que observamos con gran inquietud cómo la derecha latinoamericana no rompe con su pasado vinculado a los golpes militares, la represión y los modelos económicos excluyentes. Desde hace unos años, la derecha latinoamericana y los grupos de poder han iniciado una contraofensiva para recuperar espacios de poder en forma no democrática. Quieren lograr a través de los grandes medios de comunicación y de nichos institucionales que preservan en el Estado (espacios corporativos, fuerzas armadas y poder judicial), lo que les han negado los votos de la ciudadanía en reiteradas elecciones.

Vemos con mucha preocupación como la disputa política en Brasil se aleja cada vez más de formas y contenidos  democráticos. A los llamados públicos de golpe de Estado contra la Presidenta Dilma Rousseff ahora se pasa a una cacería contra políticos del Partido de los Trabajadores (PT) y los últimos días a un ataque mediático y judicial contra Lula da Silva, el histórico dirigente de la izquierda brasileña y figura mundial del cambio progresista.

La derecha brasileña muestra su rostro más oscuro y retrocede en su aprendizaje democrático. Sin embargo, como los llamados a iniciar caminos dictatoriales no tienen un apoyo mayoritario en la sociedad brasileña cambian de táctica y desarrollan su campaña de desprestigio de los gobiernos del PT a través de asociarlo con la corrupción.

La lucha contra la corrupción es una tarea central en todo el mundo y en especial en América Latina. Nadie puede estar en contra de combatirla con fuerza, transparencia y con todo el rigor de las leyes. Pero por su propia importancia no puede ser un arma arrojadiza que se use para destruir la credibilidad de los gobiernos, los políticos y, finalmente, la propia democracia.

A su vez, el Partido Socialista Ecuatoriano (PSE) hace un llamado público a las fuerzas de izquierdas y progresistas para reflexionar, con capacidad autocrítica, sobre estos nuevos formatos de lucha política y sus consecuencias sobre la credibilidad del cambio, de la necesidad de políticas redistributivas en un escenario de crisis económica mundial y la preservación -y mejora- de nuestras democracias. El único antídoto para la corrupción es la democracia, igualmente una buena vía para consolidar la democracia es una lucha decidida contra la corrupción.

La revisión del proceso iniciado contra Lula no resiste el menor análisis serio, tan sólo indica un claro montaje que busca desprestigiar su imagen y excluirlo de una posible nueva candidatura presidencial. El Partido Socialista Ecuatoriano se solidariza con nuestro compañero Lula y nuestro partido hermano, desde su nacimiento: el Partido de los Trabajadores e insta a todos los movimientos progresistas de América Latina a estar vigilantes ante las diversas estrategias de desprestigio contra los gobiernos de izquierda de la región.

 

Patricio Zambrano Restrepo

Presidente Nacional del Partido Socialista Ecuatoriano